La disyuntiva entre conocer sobre el tema o saber cómo pensarlo y abordarlo

Por Ing. Emiliano F. Martín
Desarrollador de Softland Argentina

En varias oportunidades me he visto en la disyuntiva de si es mejor conocer sobre un tema determinado o pensar en como abordarlo. Un ejemplo podrían ser las conversaciones con los compañeros de la universidad, en donde debatimos sobre qué profesor sabe hacer exámenes y cuáles no. O con mis colegas, sobre qué preguntas se deberían hacer en una primera entrevista de trabajo para evaluar a un candidato y cuáles no serían de gran aporte.

El principal punto, evidentemente, era el contenido. Existían profesores que pedían tablas de memoria y otros que te hacían razonar, le daban una vuelta de rosca al tema para detectar si lo entendiste o no. La primera forma de evaluar sólo mide la capacidad del alumno de retener datos sin relevancia. No es que el contenido de los distintos tipos de cable y su impedancia característica carezca de importancia, sino que aporta muy poco saber si el alumno lo recuerda.

Es decir, el día de mañana si el profesional tiene que elegir uno u otro cable dependiendo de la impedancia que necesite, puede buscar las características en cualquier libro o mismo en Internet. Es más, en tal oportunidad pueden no existir los que haya estudiado o haber otros mejores en el mercado. Si no aprendió qué beneficios o inconvenientes produce cada característica no estará en condiciones de elegir el mejor.

Por otro lado, si no sabe que dependiendo del tipo de instalación sería necesario adaptar las impedancias (de la carga con el resto del circuito) jamás iría a buscarlo a ningún libro ni se le ocurriría ‘Googlearlo’.

En este punto, creo que la diferencia es notoria. No es lo mismorecordar datos de memoria que entender el tema y buscar la información necesaria cuando sea requerida. El primer alumno podría recitar de memoria todos los tipos de cables y sus impedancias o inmunidad al ruido, pero no necesariamente sabría cómo adaptar las impedancias, o mismo si fuera imperioso hacerlo.

Un excelente profesor decía: «A mí no me interesa saber si ustedes se acuerdan las fórmulas de memoria. No tengo problema si tienen una hoja con todas las fórmulas y constantes que necesitan. Yo lo que quiero evaluar es si saben que fórmulas usar, en qué orden y cómo hacerlo. Porque el día de mañana si ustedes se cruzan con un problema parecido, no se van a acordar cómo son las fórmulas o las constantes y sus unidades, pero pueden saber a qué libro ir a buscarlo.«

Terminada, momentáneamente, la comparación académica, se puede notar que, en las entrevistas, hay un caso muy similar. ¿Aporta algún valor saber si una persona recuerda de memoria cómo codificar un algoritmo que devuelva el hash de un texto? ¿Es más valioso descubrir si sabe qué es un hash o qué usos se le podría dar?

Siguiendo con este ejemplo, el postulante que sepa de memoria cómo codificarlo (o mismo razonarlo en el momento) no garantiza que en el futuro pueda proponer que la clave de acceso de los usuarios debe ser guardada hasheada y luego comparar el hash de la clave que el usuario ingresa con la que está almacenada. Tampoco certifica que se le ocurrirá que puede ofrecer la ‘firma’ de un archivo a los visitantes de nuestro sitio web que desean bajárselo.

Llegamos, entonces, a una encrucijada. ¿A quién tomar? ¿A quién sepa cómo codificar un algoritmo que tome una lista simplemente linkeada (en un sólo sentido) y la devuelva linkeada en el sentido opuesto en el lenguaje de programación que se utiliza en la compañía? ¿O a quién pueda demostrar que conoce lo que es una lista, qué significa simplemente linkeada y si existe la posibilidad de transformarla (conceptualmente) en una doblemente linkeada? La respuesta sería sencilla, si conocemos, primero, las respuestas a unas preguntas más importantes:

  • ¿Qué es lo que estamos buscando?
  • ¿Alguien que pueda dar soluciones de media/alta complejidad en el cortísimo plazo o a quien, tiempo mediante, pueda codificar algoritmos de alta complejidad, pero aportando respuestas que requieran una alta abstracción del problema para poder modelizar cada una de sus partes, encontrar el cuello de botella (o la base del problema) y moldear la solución más elegante y eficiente?

En otras palabras, ¿buscamos a alguien que ya tenga todas las respuestas desde el día 1 o a quien pueda necesitar 2 ó 3 meses para estar al mismo nivel, pero con una capacidad de análisis muy superior que le permite ver los problemas desde otro punto de vista y llegar así, a una solución que no se le habría ocurrido a quienes siguieran mirando el problema desde su frente? El secreto, entonces, está en tener bien en claro qué preguntas pueden hacerse para identificar el perfil necesario.

El conocimiento técnico puede aprenderse. Puede demorarse más o menos, dependiendo de la capacidad o inteligencia del sujeto. Sin embargo, cambiar la forma de pensar, mejorarla o aprender a abstraerse del problema para poder ver la imagen global de todo el sistema en cuestión, es un proceso que exige muchísimo más tiempo y más dedicación. Es más, no hay ningún curso que garantice obtener los resultados deseados. Y como contra aún mayor, es una decisión del sujeto y una prueba de tenacidad si lo consigue (o falta de ella, si falla).

El segundo postulante podría dar muchísimo más valor agregado a nuestras tareas que el primero. Sobre todo, si además de demostrar que sabe pensar los problemas e intentar abordarlos desde otra óptica, manifiesta signos que constatan que tiene una alta capacidad de aprendizaje.

Sin embargo, estas detecciones no pueden realizarse de manera sencilla. Requieren una entrevista personal con el postulante, con preguntas que puedan hacer lucir la capacidad de razonamiento de este, su locuacidad, las palabras que usa. Así mismo, la forma en la que arma las frases en cuanto al contenido y gramática. También se le puede ofrecer un enigma (matemático o de lógica) y pedirle que lo razone en voz alta. Así se puede detectar si tiene cierto correlato en sus deducciones o está probando números hasta que el enunciado planteado coincida.

Será mucho más útil quien vaya deduciendo o infiriendo y en función de los absurdos a los que llega, pueda detectar la inconsistencia y sepa hasta qué punto volver para tomar otro camino, utilizando la información que ya descubrió; que quien vaya tanteando números enteros hasta llegar al que corresponda. El primero estaría demostrando capacidad de análisis, una forma de abordar el problema y detección de incongruencia, para corregir el enfoque y seguir buscando la solución con otras herramientas. Mientras que el segundo, es altamente probable que el día de mañana compre 10 cables distintos y los vaya probando uno a uno hasta que el circuito funcione como corresponde.

Dicho de otra forma, quien sepa pensar sabrá qué buscar (en Google o en libros) para intentar resolver el problema; quien sólo conozca cómo codificar, escribirá un pequeño algoritmo que pruebe todos los números existentes hasta encontrar el que cumpla con el enunciado. Claramente, el primero podrá resolver problemas de mayor envergadura que el segundo.

La mayoría de las entrevistas están pensadas para cubrir un puesto caliente que pueda resolver inconvenientes en el corto plazo. Otras dicen buscar postulantes que puedan aportar grandes ideas a largo plazo, pero sólo centran su búsqueda en detectar conocimientos técnicos, descartando a quien no pueda cubrir dicha expectativa. Sin darse cuenta que en ese filtro, por la falta de entrevistas personales con el fin de detectar los defectos y cualidades de un postulante, suprimen una excelente opción para seguir en carrera.

Esto no significa que se deba tomar a quien no tenga conocimientos técnicos, pero haga una excelente primera entrevista. Debería ser un proceso multi-etapa y, en futuras entrevistas, comprobar su capacidad de entendimiento y aprendizaje. Por ejemplo, pidiendo que re-utilice algo que se le haya explicado en una entrevista previa, con cierto giro de rosca, si así lo deseara.

En la vida real, es muy complicado que uno pueda elegir el docente. Salvo que el curso tuviera múltiples opciones de horarios, se conociera de antemano quién es el titular de cada curso, y se supiera quién es buen profesor y quién no. Sin embargo, si algún día debemos entrevistar a un/a postulante, tendremos que preguntarnos qué es lo que se está esperando de quien cubra el puesto, y entrevistemos en consecuencia. Estará en nuestras manos decidir por alguien que recuerde o por alguien ‘que sepa cómo pensarlo’.

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